viernes, 8 de junio de 2007

De la mano de Román, que es Riquelme...



Apareció justo cuando su equipo más lo necesitaba. "Lo pudimos haber ganado por más goles, estamos en la final y muy contentos", dijo.

Se hace cargo, Román. Se hace cargo de la situación, de su responsabilidad, de esa multitud que lo ovaciona y en ese canto le pide por episodios del pasado con sabor a gloria. Entonces, Riquelme sale decidido a ser el actor principal de su nuevo corto para una película que ha visto más de una vez. El golazo de tiro libre ¿pincelada de paladares negros¿, la magia a sus pies, los toques profundos para que Rodrigo Palacio se enfrente a Zapata, el fútbol, Boca, su mundo, su apuesta, la Copa...

En esa previa de palabras filosas ¿"hay chicos que deben entender que no hay camioneta ni plata que valga jugar una final de Libertadores"¿ Román había alertado sobre lo que estaba en juego. Esos 43.000 pesos que cobra por día en este paso por Boca nada tienen que ver con su ambición y su espíritu de juego. Su talento no tiene precio, pese a que la noche no arranca con viento a favor porque su definición apenas comenzado el partido no tiene destino de red (la tapa el arquero, luego pega en el travesaño) y porque su pase con moño a Palacio tampoco termina en gol porque Zapata vuelve a ganar. Pese a que más tarde se desconecta y en consecuencia también lo hace el equipo, vuelve Riquelme para tomar la pelota tras una falta a Martín Palermo. Le pega con clase, por encima de una barrera que respeta la distancia ¿riguroso el árbitro Roberto Silvera en este caso¿ y sin chances para la estirada del arquero.

Los grandes jugadores asoman en situaciones límites. Y a eso responde la presencia de Román, que ha llegado a Boca para que su efímero paso sea por la gloria en la Libertadores. En señal de ajuste en la primera fase, fue el hombre fundamental para superar a Vélez en Liniers ¿un gol casi olímpico¿, fue hasta Paraguay para enfrentar a Libertad con una lesión y sin embargo anotó el gol para emprender su camino a las semifinales. Anoche, otra vez, su capacidad ¿esa que no se observa seguido en estos pagos¿ fue la razón para cumplir el objetivo de llegar a la definición de la Copa. La pegada, impecable, nuevamente toca el timbre en el segundo tiempo para que Sebastián Battaglia decore el resultado luego de un córner.

El grito, su corrida hacia la zona de los palcos donde espera Maradona es la prueba de su sentimiento. "No sé quién dijo que había problemas entre nosotros. Lo pudimos haber ganado por más goles, estamos en la final y muy contentos". El abrazo final con Palermo es una imagen que, entre tanta neblina, parece ser una foto vieja. Sin embargo, no es más que la repetición de sucesos que lo ponen, inevitablemente, en lo más alto, en un lugar ganado por arte de magia...

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